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viernes, 23 de octubre de 2015

¿Qué hay detrás de la imagen del ‘Cristo de Serradilla’?

Cuando uno se aventura a hablar de una obra de arte, corre el riesgo de vaciar por completo el cajón de los adjetivos. Pero eso, al menos a mí y para bien o para mal, no me pasa, y menos aun cuando se trata del Cristo de Serradilla.

Quiero decir que no me resulta una imagen “fea” o “bonita”, “desagradable” o “hermosa”. Es mucho más que eso. Lo he intentado, pero no puedo ponerle un calificativo concreto. Puedo hablar de la monumentalidad de la Torre Eiffel, el misterio de las Pinturas Negras de Goya o de la perfección del David de Miguel Ángel, pero no cuando hablo de esta figura…

Corría la década de 1630 cuando Francisca de Oviedo se puso en contacto con el escultor Domingo de Rioja para que de las manos de este saliese la talla del Cristo de Serradilla. Tal fue el asombro de los fieles al ver concluida la obra en Madrid, que las trabas para traerla a Extremadura tardaron muy poco en hacerse notar. Se cuenta incluso el propio escultor quedó boquiabierto al ver el resultado, llegando incluso a decir: “Esta no es obra mía, sino de Dios”. La Capilla Real de Madrid, con Felipe IV a la cabeza no se lo iba a poner nada fácil a esta beata. Sin embargo, Francisca de Oviedo, se salió con la suya. O al menos por un tiempo, porque antes de llegar a Serradilla, la imagen se expuso en Plasencia y claro, como no podía ser de otra forma, los placentinos querían hacerla suya por los siglos de los siglos. Pero no. No era suya y lo sabían, y por fortuna o desventura, una madrugada del mes de abril, ocho serradillanos cargaron con el Cristo sigilosamente para llevárselo a su pueblo, donde hoy por fin descansa.


Santísimo Cristo de la Victoria, Serradilla, Cáceres, Extremadura, España


Pero hay algo que va más allá de todo esto. Veréis. Si nos fijamos bien, Jesucristo está apoyado sobre la cruz. Está vivo. Vivo. ¿Y qué tiene esto de raro? Bien, miren lo que dijo San Mateo en su Evangelio:

"Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: “Elí, Elí, lemá sabactani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: “Está llamando a Elías”. En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían: “Espera, veamos si Elías viene a salvarlo. Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.”
(Mateo, 27, 57-61)

Sorpresa: según los textos sagrados Cristo murió crucificado. Murió. Sin embargo el de Serradilla está vivo: ha vencido a la muerte. A pesar de los signos de dolor, a pesar de las yagas, a pesar del sufrimiento, a pesar de todo eso: está vivo cuando debería estar muerto. Hay algunos detalles curiosos. Si nos fijamos en la parte inferior, vemos que la cruz aplasta sin piedad a una serpiente, precisamente el animal en el que se encarnó Satanás para tentar a Adán y Eva a comer el fruto prohibido. Recordemos que tras cometer el Pecado Original, Dios juzgó a Eva: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás”. Pero Cristo vence, aniquila, aplasta y triunfa sobre la serpiente y, en definitiva, sobre la muerte. Y para más INRI, el mismo Cristo pisotea una calavera: símbolo del “Más Allá” por antonomasia. Doble tiunfador sobre la muerte. De ahí su verdadero nombre: Santísimo Cristo de la Victoria. De la Victoria… Parece que las piezas empiezan a encajar…




(Manuel J. Torres Canalo)

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