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jueves, 30 de junio de 2016

ANÁLISIS: ¡Y AÚN DICEN QUE EL PESCADO ES CARO! (JOAQUÍN SOROLLA)

Estamos ante uno de esos cuadros que raramente deja indiferente al espectador. Su título ya nos adelanta un mensaje con una moraleja muy clara: se trata de una evidente denuncia a la precaria situación de los pescadores, quienes cada día se juegan la vida en las faenas del mar y aún así el pueblo critica el alto precio del pescado.

Joaquín Sorolla plasma en este lienzo una de las escenas más instrospectivas de toda su trayectoria artística de un modo absolutamente magistral.




En la bodega de un barco se está desarrollando una trágica escena marítima: un joven pescador ha sido gravemente herido y está siendo socorrido por dos expertos compañeros de trabajo. A la derecha, uno de ellos sostiene el cuerpo del inmóvil chico mientras que el hombre de camisa amarilla aplica paños de agua mojada sobre el torso desnudo previamente mojados en el cuenco del primer plano. Curiosamente el dolorido personaje porta sobre su pecho una notable medalla: amuleto de devoción por antonomasia.

Para realizar esta obra, muy probablemente Sorolla se inspiró en la novela de su amigo Blasco Ibáñez titulada "Flor de Mayo". Incluso en esta obra literaria se encuentra recogido el título del lienzo, concretamente en el capítulo final, cuando la tía de Pascualet llora la muerte de su nieto en las labores de pesca. Decía así: "¡Que viniesen allí todas las zorras que regateaban al comprar en la pescadería! ¿Aún les parecía caro el pescado? ¡A duro debía costar la libra...!". Tal vez este cuadro no se entiende sin antes leer la novela, pero la novela no se entendería igual sin analizar este cuadro.

Tal es el grado de nobleza al que Sorolla someta la escena que algunos críticos han establecido un claro paralelismo entre este cuadro y las representaciones artísticas de "La Piedad". Salvando las distancias y la temática, emocionalmente la plasmación de sentimientos y actitudes son muy semejantes: en ambos casos se dignifica la muerte de un ser que ha dado su vida por una noble causa y que en los últimos momentos está siendo sostenido y tratado de forma especialmente amorosa por parte de uno o varios seres queridos.

La Piedad de Tascón (S. XV), por ejemplo, guarda grandes similitudes (salvando las distancias) en cuanto a su composición con la obra de Sorolla. En ambas se muestra pleitesía de forma extraordinariamente delicada hacia un personaje por parte del resto de los integrantes al dar su vida por una causa.

Hay algunos detalles formales que no debemos pasar por alto. Por ejemplo, es necesario hacer mención al singular equlibrio que ofrece Joaquín Sorolla en este lienzo entre tradición y modernidad.

Mientras la gama de colores nos remite a una clara influencia de la paleta de Diego Velázquez, las pinceladas sueltas unidas a los reflejos de algunas zonas como los peces y el cuenco del agua nos hablan de un cierto interés por los recursos impresionistas.

Además, si nos detenemos a observar detenidamente la escena, se adivina que existe un cierto desequlibrio espacial, como si estuviese en movimiento. ¿Y qué es lo que sucede si no en el interior de un barco de tales características? El artista supo plasmar ya no sólo el trágico momento de los personajes, sino también el contexto en el que trabajaban. Para ofrecer ese recursos, se vale de la escalera de la izquierda, la cual está un tanto inclinada y sobre la que existe un farol que da la impresión de estar en constante vaivén.

La escena es de un naturalismo y un realismo plenamente visible, donde predomina notablemente el dibujo y las finas líneas, especialmente en las figuras humanas. Existe no obstante una cierta libertad de pinceladas (más sueltas) en los fondos y otras figuras menores de la escena. 

Gracias a su excelente calidad artística, este cuadro le sirvió a Sorolla para alzarse con la primera medalla de la Exposición Nacional de 1895, y no es para menos. La dignidad con la que enfoca el oficio del mar unido a la solemnidad de una escena dramática en un encuadre inusual y con un mensaje claro procedente de una obra literaria hacen este lienzo un testimonio ya no sólo del buen hacer de este pintor valenciano, sino de la cruda y precaria forma de vida de los pescadores de aquel entonces.

El lienzo expuesto en el Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
 

jueves, 16 de junio de 2016

"EL VAGÓN DE TERCERA CLASE", (DAUMIER, 1864). COMENTARIO Y ANÁLISIS

El vagón de tercera clase es una de esas obras por las que, irremediablemente, el espectador siente al observarla plena curiosidad e intriga, pues estamos ante uno de esos cuadros donde la introspección psicológica es claramente su punto más fuerte.

"El vagón de tercera clase", pintado por el pintor francés Honoré Daumier (1808-1879) en 1864 usando la técnica del óleo sobre lienzo. Se enmarca dentro de realismo francés, cuenta con unas medidas de 65,5 x 90 cm y actualmente se conserva en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York

Cuando Daumier pintó esta obra quiso denunciar la situación social de los más desfavorecidos en las grandes ciudades, quienes, fruto de su pobreza y precario estado de vida, se veían obligados a llevar una vida casi miserable y viajar, como vemos en el cuadro, en medios de transporte totalmente lúgubres.

Para ello, se vale de los personajes que tenemos frente a nosotros. Todas las miradas llevan donde está la anciana: no parece feliz, tampoco triste, pues se mantiene totalmente ausente con la mirada perdida como muestra de resignación. A su izquierda, una joven amamanta a su bebé, dignificando así la vida humana en un ambiente tan oscuro. A la derecha de la anciana, un niño está dormido y apoya su cabeza sobre la mujer. Posiblemente este sea el hijo mayor de la mujer de mediana edad y esta, a su vez, hija de la anciana. Se trata pues de una escena familiar.

Contrasta todo ello con los señores con chistera que hay tras ellos. Parece que conversan tímidamente. Su vestimenta invita a pensar que son pequeños burgueses o empleados de las fábricas, pero, a pesar de que su vestimenta es un tanto más "digna" que los viajeros que están ante nosotros, no dejan de ser viajeros de tercera tristes, cansados y con actitudes melancólicas propias de la sociedad trabajadora del momento. La sensación que transmiten es, en definitiva, de auténtico hastío, indiferencia y aburrimiento: un fiel reflejo de la vida industrial en las ciudades del momento.

Cabe recordar que los trenes de aquel entonces contaban con tres clases de vagones.
  1. Los vagones de primera disponían de butacas, calefacción y estaban prácticamente cerrados al exterior para que sus pocos viajeros estuviesen cómodos en ellos.
  2. Los de segunda eran prácticamente igual, pero había un mayor número de pasajeros.
  3. Y los de tercera constaban de asientos de madera corridos. De calefacción ya ni hablamos y del número de personas aglutinadas en ellos, tampoco.
Hay algunos detalles que no debemos pasar por alto. Por ejemplo, entre la muchedumbre del fondo, se adivinan algunas cabezas de mujeres. Estamos posiblemente ante una alusión a la prostitución de aquellos tiempos de la Revolución Industrial. Tal y como desgraciadamente ocurre hoy, las mujeres francesas de aquellos años también abandonaban su ciudad natal en busca de un trabajo mejor en las grandes urbes, algo que evidentemente en muchos casos no conseguían. Muchas de ellas terminaron ejerciendo la prostitución como único recurso para poder subsistir.

El manejo de la luz en este cuadro es magistral, y aunque la gama de colores es escasa, eso no impide que transmita la sensación que Daumier pretendía. Tal vez se tratase de una escena de final del día, cuando los trabajadores se desplazaban desde su puesto de trabajo hasta su casa, de ahí los colores cálidos de la puesta de sol. Recuerda en gran medida -y salvando las distancias- a las obras de Rembrandt y al Barroco, que por cierto, tanto le gustaba.

No obstante el tema es plenamente actual. La obra se enmarca dentro del realismo pleno cuyo objetivo fundamental era el estudio de los usos y costumbres la sociedad para, posteriormente, plasmarlos a modo de denuncia política.

Por eso obras como esta, más que obras de arte, son testimonios de un estilo de vida basado en la precariedad laboral de los más desfavorecidos. El trabajo en las ciudades, la insalubridad, los excesos de la vida en sociedad y, en definitiva, el malestar social fueron fuente de inspiración para muchos artistas como Daumier.

Personalmente esta obra me recuerda mucho a "Los comedores de patata" de van Gogh. Aunque la temática es distinta, su significado, finalidad e intencionalidad es muy semejante; e incluso la forma de encuadrar las escenas, dotar de expresión a los personajes y aplicar la gama de colores y luz tiene mucha relación.

"Los comedores de patata", Vincent van Gogh, 1885, Museo van Gogh, Ámsterdam.

Y es que él, como pocos, supo transmitir esta idea a través ya no sólo de los cuadros, sino también por medio de caricaturas, dibujos, pequeñas ilustraciones o incluso medios de comunicación, como la prensa o las revistas satíricas. El objetivo era emplear su buen hacer artístico para transmitir un mensaje político. Su ideología era de izquierdas y por ello se implicó personalmente en sucesos políticos del momento muy relevantes de la Francia del Siglo XIX, tomando parte en la Revolución de 1830 y criticando al rey Luis Felipe. Más tarde apoyaría la Revolución de 1848 y se implicó profundamente en la II República Francesa y la Revolución de 1870.


Recursos:
  • http://arte.laguia2000.com/pintura/el-vagon-de-tercera-de-daumier
  • http://www.artehistoria.com/v2/obras/4176.htm
  • http://contemplalaobra.blogspot.com.es/2011/05/daumier-el-vagon-de-tercera.html



lunes, 13 de junio de 2016

PINTURA NEOCLÁSICA: CARACTERÍSTICAS BÁSICAS... Y RÁPIDAS

El Neoclasicismo pictórico, como tantos otros movimientos artísticos, presenta una serie de características definitorias que en su conjunto nos lleva a hablar de un "estilo" propiamente dicho. Tal vez es uno de esos movimientos artísticos que, o bien gusta mucho, o por el contrario resulta un estilo totalmente frío e indiferente.

Conviene recordar que el Neoclasicismo pictórico arranca allá por mediados del siglo XVIII y se extenderá hasta mediados del siglo XIX aproximadamente y se caracteriza por una tendencia a rescatar la filosofía y los modelos artísticos de la antigüedad clásica con un enfoque, por lo general, adaptado a su tiempo. Esta faceta se ve perfectamente en la plasmación de arquitecturas clásicas en gran parte de las obras. Repasemos a continuación algunas de sus particularidades más destacadas

TEMÁTICA. Uno de los pilares fundamentales es la exaltación del "amor patrio" y de la nación así como un reconocimiento y ensalzamiento de los valores de la sociedad: justicia, valor, entrega... Y sobre todo un pleno interés por plasmar hechos históricos muy concretos y en algún caso temas mitológicos. Se trabaja además el tema del retrato, donde las figuras normalmente posan de forma "noble" e "intencionada" y con ropajes de lujo en ambientes de un alto valor ornamental y decorativo.

¿LÍNEA O COLOR? En prácticamente todas las escenas existe un claro predominio de la línea sobre el color. Los contornos de las figuras (humanas o no) están muy delimitadas y en el caso de encontrar alguna excepción, habría que remitirse a los fondos o paisajes, un tanto difuminados en algunos casos.

TEXTURA, PINCELADA. Las pinceladas son extremadamente delicadas, lisas y muy uniformes. Si las vemos con detalle, observaremos que son pinceladas bastante largas y delgadas, cuyo objetivo no es otro que darle uniformidad y delicadeza cromática a la obra.

COLORES EMPLEADOS. Los colores empleados son bastante planos, es decir: la gama cromática suele ser reducida. Destacan los fondos oscuros sobre las escenas de tonos más claros, de ahí los contrastes de algunas obras; y todo ello con un simbolismo reconocido.

LUZ. En gran parte de los casos debemos hablar de luz ambiental, natural, pero tratada de tal forma que esta incida directamente sobre el grupo o escena principal. Ni que decir tiene que este es uno de los puntos más importantes y es donde se refleja la maestría del artista, pues en aquellos casos en los que este recurso no esté bien trabajado, el resultado final resulta un tanto irreal y forzado.

ESPACIO Y PERSPECTIVA. La pintura neoclásica se caracteriza por plasmar a un grupo de personajes en primer plano realizando una determinada acción y de fondo, una arquitectura normalmente de estilo clásico y tras ella, a veces, un paisaje. En este caso, los artistas juegan con ello y algunos optarán por darle más importancia al grupo que al contexto en el que se enmarca mientras que otros incidirán más en el ambiente que en los propios personajes, aunque esto último es más propio del Romanticismo que del Neoclasicismo.

MOVIMIENTO. Por lo general se trata de composiciones abiertas. Entre los personajes hay un cierto espacio que evita que la escena resulte un tanto agobiante al espectador y aunque hay un cierto movimiento, este resulta un tanto artificial. En muchos casos da la sensación de que los personajes se han colocado intencionadamente así para "salir" en el cuadro, pero por otro lado es eso lo que se persigue: serenidad, calma y movimientos lentos y armónicos. En el caso de que haya escenas de muchos personajes o violentas, se trata de un caos organizado y estudiado.

EXPRESIÓN DE SENTIMIENTOS. Este es otro de los puntos importantes. Los pintores neoclásicos buscan plasmar a personas que muestren ese sentimiento de fortaleza que tanto les gustaba. La templanza y los valores morales cobran una especial relevancia. Dado esto, los rostros se presentan de un modo sereno, a veces incluso un tanto hieráticos, pero con una mirada extremadamente profunda y reveladora.

COMPOSICIONES. Las composiciones tienden a ser cerradas y equilibradas para no crear "tensión" en una obra que pretende ser "serena y seria".

He aquí algunas de las obras que reflejan lo anteriormente dicho:

JACQUES-LOUIS DAVID
Pintor francés
(1748-1825)  
 

"Napoleón cruzando los Alpes"
"La muerte de Sócrates"

"Coronación de Napoleón"

"El rapto de las Sabinas"
"El juramento del juego de la pelota"
"La muerte de Marat"
"El juramento de los Horacios"

 JEAN-AUGUSTE-DOMINIQUE-INGRES
Pintor francés
(1780-1867) 

"La bañista"

"La gran Odalisca"
 ANTON RAPHAEL MENGS
Pintor de origen checo
(1728-1779)

"Carlos III"

"Marquesa del Llano"

MARIANO SALVADOR MAELLA
Pintor español
(1739-1819) 

"Carlota Joaquina"
"Pescadores"

jueves, 9 de junio de 2016

"LO QUE QUIERO AHORA", POR ÁNGELES CASO

"Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso..."


 
(Ángeles Caso, escritora, periodista y traductora española)

sábado, 4 de junio de 2016

miércoles, 1 de junio de 2016

"Laboremus", por Nicolás Megía

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Aprovecho la coyuntura de estar en pleno ecuador del período de exámenes para analizar una de las obras más significativas del pintor extremeño Nicolás Megía, titulada "Laboremus", una pieza exquisita que encierra una gran historia en su significado.

A simple vista vemos a un estudiante tocando la guitarra en una estancia aparentemente descuidada. El chico viste el típico traje universitario de la época y que, con el paso de los años, se convertiría en el prototipo de traje de las tunas universitarias.


Megía juega en esta obra con una serie de elementos para hablarnos de lo alegre y lo triste de la vida. La bota de vino, la guitarra, la juventud del chico, los naipes del suelo y las cartas de amor son elementos que aluden a la felicidad de la vida humana, mientras que la calavera, el candil ya apagado y las flores marchitas nos recuerdan la fugacidad del paso del hombre por la vida.

Es un cuadro además muy sensitivo: las flores nos remiten al olfato, la guitarra al oído, los dedos al tacto, el espejo a la vista y el vino al gusto.

Curiosamente el título del cuadro, "Laboremus", que significa "Trabajemos", tiene un significado totalmente opuesto al que representa la escena, pues el estudiante, en lugar de dedicar su tiempo a la reflexión y al estudio, lo dedica precisamente a todo lo contrario: a disfrutar de los placeres mundanos de la vida, olvidando por completo sus obligaciones académicas. De hecho las telarañas que hay sobre los libros de la estantería y la dejadez del ejemplar que está tirado en el suelo no auguran buenos resultados a este estudiante salamantino del siglo XIX.

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