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martes, 22 de noviembre de 2016

"LAS CAJAS ESPAÑOLAS". EL ARTE ESPAÑOL DURANTE LA GUERRA CIVIL

Julio de 1936. A partir de ese año y durante tres más, un sector de la población con diferentes convicciones, ideologías, creencias o incluso nacionalidades se unieron con un único fin: proteger y salvaguardar parte del valiosísimo e inmenso tesoro artístico español que estaba fuertemente amenazado por la destructora e implacable Guerra Civil.



Es tal vez una de las hazañas más memorables de la historia de España, pero sin embargo fue tajantemente silenciada tras la guerra tras la victoria de las tropas de Franco, evidentemente todo ello basado en razones ideológicas y políticas.

Año 1936. Ni dos décadas había trascurrido desde el final de la Primera Guerra Mundial cuando Europa volvía a sumirse de nuevo en el caos y el miedo. La zona de Rusia se vuelca con el comunismo, Italia con el fascismo y Alemania con el nacional-socialismo. Mientras tanto, Francia se mantiene expectante y un tanto recelosa a los movimientos de estos países e Inglaterra se siente aún capaz de controlar cualquier aspaviento revolucionario.

España por aquel entonces contaba con su recién estrenada República de poco menos de  años y que andaba debatiéndose para construir los cimientos de un Estado moderno en una sociedad un tanto bipolar. Las complicaciones de la República por sacar completamente a la nación de la situación en la que se encontraba eran cuanto menos complicadísimas, casi insuperables.

En la España "profunda", más rural, más olvidada, el odio entre las clases no hacía más que aumentar con el paso de los años dado que los intereses entre una y otra capa social son radicalmente diferentes.

En febrero y tras las elecciones generales, las izquierdas se alzan como vencedoras, todas ellas unidas en el famoso Frente Popular. La derecha no se queda impasiva ante esta circunstancia y reacciona contra la izquierda, la cual a su vez responde contraataca. La sociedad se agita y todo se vuelve un poco caótico. La política era la cabeza de turco en cualquier corrillo de vecinos.



La sociedad se enfurece de tal forma que comienzan a producirse los primeros atentados por parte de los dos signos políticos a base de un aumento de la violencia que crece sin cesar. En julio de 1936, el líder parlamentario ultraderechista Calvo Sotelo es asesinado.

El 17 de julio de 1936, las tropas españolas localizadas en el protectorado de Marruecos se alzan contra el gobierno izquierdista español, un alzamiento que se "cocina" durante meses antes de llevarlo a la práctica. El triunfo de esta sublevación se produjo en la mitad del país. En muchas ciudades, masas sociales comprometidas políticamente reaccionan buscando en la calle a quienes eran cómplices de aquella sublevación militar, fundamentalmente el clero y la aristocracia.

Nacen de esta forma incontrolados grupos que destrozan sin el más mínimo pudor algunos palacios y edificios religiosos como muestra de reacción y desencanto, hecho que se dilata durante varios días. En la chatarra acaban muchas de las campanas que coronaban las iglesias y los noticiarios extranjeros se hacen eco de aquel extraño desenfreno destructivo. Esto, sumado a las enormes proyecciones de estos actos en las pantallas cinematográficas de gran parte del mundo, no hará más que alimentar el rechazo de la causa republicana por parte de algunos países.





El gobierno era incapaz de frenar aquellos incesantes problemas callejeros que estaban haciendo un flaco favor a la salvaguarda del patrimonio artístico español. Uno de los primeros en alzar la voz para detener esta destrucción fue el escritor José Bergamín, comunista y católico a partes iguales y fundador de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. El gobierno, por aquel entonces presidido por José Giral acepta esta propuesta y a los pocos días de iniciar la Guerra, Francisco Barnés, ministro de Instrucción Públicas y Bellas Artes, hace redactar un mandato que ordena la creación de la Junta de Incautación cuya función era la de salvar el tesoro patrimonial español.

Los intelectuales y artistas de esta Junta recién creada se reúnen para poner sus propuestas en común y empezar a trabajar, empezando por estudiar a fondo las mansiones y los palacios incautados los sindicatos y organizaciones políticas durante este pequeño período de tiempo. En no pocos de estos sitios se encontraban obras de grandísimo valor artístico y que la junta no duda en evacuar.

Del mismo modo se da el pistoletazo de salida a una precaria campaña propagandística a la que se suman los estudiantes de Bellas Artes, quienes realizan carteles invitando a la sociedad a proteger el patrimonio artístico, papeles y carteles que se cuelgan por todas partes y se reparten entre la multitud. En muchas ocasiones se trata de inmuebles completos, como iglesias y palacios, los que han de ser protegidos contra la destrucción de una revuelta que, ya más que eso, es una Guerra Civil en todos los sentidos y con la crudeza que esto conlleva.

Los militares rebeldes, profesionales y por ello más eficientes en su organización, se dirigen en columna hacia la capital procedentes del norte y sur peninsular. A ellos se oponen unas improvisadas milicias populares hechas a base de campesinos y obreros sin instrucción militar y con nula experiencia en el campo de batalla.

Madrid, por aquel entonces capital vanguardista que rondaba el millón de habitantes, se esfuerza por parecer una ciudad donde reina la aparente paz por la que tanto vela tanto el gobierno como los ciudadanos, aunque sea un tanto irreal.

La guerra parece que no va con la capital y prueba de ello es la cotidiana celebración de diferentes actos y eventos socioculturales donde se hacen manifestaciones a favor del gobierno republicano y el correcto suministro de alimentos a los ciudadanos quienes, no obstante, viven pendientes de las noticias que llegan a Madrid en lo relativo a la guerra.

Paulatinamente van saliendo grupos de voluntarios armados a diferentes puntos para evitar la entrada en Madrid de las tropas franquistas, fundamentalmente hacia la Sierra de Guadarrama. Gente de toda índole, desde camareros hasta albañiles pasando por sastres o campesinos mueren en trincheras y aprenden lo que es la crudeza de un enfrentamiento armado.




La basílica de San Francisco el Grande y el Convento de las Descalzas son los lugares elegidos para ir almacenando paulatinamente las obras incautadas por la Junta de Salvamento, la cual no cesa en su empeño y funciona perfectamente cuando ya habían pasado más de 15 días de guerra. Los medios de los que disponen son mayores y con ellos la catalogación y conservación de las obras se hace más eficiente y metódica. Paulatinamente se van incorporando a este equipo más conocedores de la materia patrimonial hasta crear una serie de comisiones para los distintos servicios a los que debían dar auxilio.

Se empiezan a crear las primeras actas de incautación y ficheros en los que se aclara de dónde procede la obra incautada, su autor (si se conoce) y de qué está compuesta. El número de colaboradores no hace más aumentar y gracias a ello, las piezas recuperadas se multiplican, aunque en algunos casos esta tarea no es nada sencillo. Prueba de ello son las decenas de denuncias anónimas que recibe la Junta en el Museo del Prado firmadas algunas bajo pseudónimos tan comunes tales como “Un Artista” y donde se indica, por ejemplo, el expolio y ocultación de obras de El Greco en una cueva de Illescas (Toledo).

La forma de actuar es casi siempre la misma por parte de la Junta y los miembros de la Junta que van a acudir a esta labor ya conocen de antemano el panorama que les espera: primero no son bien recibidos, luego les confunden y les amenazan y finalmente se niegan rotundamente a entregar las obras de arte al gobierno republicano o a la Junta.

Para el caso citado anteriormente, la única solución fue llevar al alcalde de Illescas junto a los maltratados lienzos del artista hasta los sótanos del Banco de España (Madrid), donde el propio director le entrega la llave de la caja fuerte en presencia de una multitud de periodistas.

Se produce un cambio de gobierno en los primeros compases de septiembre de 1936 y en el gabinete que preside el socialista de izquierdas Largo Caballero, Jesús Hernández, comunista, recibe la cartera de instrucción pública y de la que depende a su vez la Junta de Salvamento y se nombra Director General de Bellas Artes a Jusep Renau, artista valenciano.

Mientras tanto hay algunos que proponen fundir las esculturas que adornan las calles de la capital de España para fabricar balas y con ellas defender el avance de las tropas franquistas. Incluso los hay que van más allá y especulan con una posible venta de obras de arte españolas en el caso de que fuese necesario prolongar la guerra y así aumentar la partida presupuestaria del gobierno. Según se cuenta, la hipotética venta del tesoro artístico español daría como resultado unos fondos económicos para resistir al menos 10 años de guerra. Pero todo ello no dejan de ser hablanzas y rumores.

Lo cierto es que la Guerra Civil se cuela en la actualidad y noticiarios de otros países, haciéndose eco de lo que ocurre en los diferentes frentes gracias a un gran despliegue de periodistas, reporteros o fotógrafos procedentes de diferentes partes del planeta. Las cancillerías no pierden de vista la evolución de la guerra.

Algunos países como Inglaterra se muestran tajantemente en contra de ayudar a la República y otros como la Italia de Mussolini o la Alemania de Hitler muestran su abierto apoyo a las tropas franquistas a base de modernos armamentos. A su llegada, los rebeldes mostraban su agradecimiento haciendo apología de una ideología claramente fascista. Mientras tanto, el gobierno de la República se encontraba bloqueado por las democracias y sólo eran atendidas sus demandas armamentísticas por la Unión Soviética algo que ayudará para reforzar la posición comunista de muchos españoles, desde el punto de vista político y desde el campo de batalla.

Los soldados marroquíes luchan al lado de las tropas rebeldes y ayudan a que su avance sea más rápido a lo largo y ancho del territorio español y dirigir la encrucijada hasta el centro del país. Mientras esto sucede, los monumentos se convierten literalmente en trincheras, en barricadas de resistencia a la espera de que los daños ocasionados sean los mínimos posibles.

El Alcázar de Toledo, levantado por Carlos V es usado por las tropas franquistas como un mero baluarte defensivo hasta quedar el inmueble totalmente destruido antes que las columnas nacionalistas procedentes del sur lleguen para auxiliar a sus compañeros. Tras violentos enfrentamientos que desgarran moral y físicamente barrios completos, Toledo y su monumental conjunto artístico, uno de los más destacados de Europa, cae a finales del mes de septiembre en manos de las tropas de Franco.

Con el objetivo de completar el cerco de la capital, a lo largo del mes de octubre, los rebeldes van cercando la capital de España lo cual empieza a inquietar de forma muy notable los ciudadanos y al gobierno. La amenaza se hace visible en el cielo hasta que estalla la primera bomba de aviación sobre el suelo madrileño. La sociedad se da prisa en salvaguardar y proteger su más memorables monumentos de las bombas.

A su vez las carreteras también se llenan de refugiados que huyen del avance nacionalista y se dirigen con los pocos medios y fuerzas de las que disponen hacia la capital.

Illescas, el pueblo de los Grecos, cae el 18 de octubre, justo cuando su alcalde desaparece misteriosamente con la llave que le habían entregado en el Banco de España. Cuando finalmente abrieron la caja fuerte para comprobar la conservación de las pinturas, observan unas obras casi irreconocibles. El motivo no es otro que la existencia de un río subterráneo que hay junto al Banco el cual le ha dado una humedad altísima a los lienzos dotándolos de una capa de moho densísima que incluso complican la visión de las formas y colores. Afortunadamente la Junta le aplica un proceso de limpieza y restauración que logra salvar estas maravillas artísticas y su vez se puso de manifiesto que fue un acierto descartar desde el primer momento la salvaguarda de los cuadros del Museo del Prado en las cámaras del Banco de España tal y como se sugirió en más de una ocasión; hasta el punto de que para la Junta, la humedad era más perjudicial para las obras que las mismas bombas.

A las inmediaciones de la capital se acerca la Guerra Civil a primeros de noviembre, momento en el cual el Frente de Madrid empieza a dar síntomas de cansancio y parece a punto de desaparecer. El día 4, mientras Madrid sufre un gran bombardeo, el segundo gabinete republicano de Largo Caballero, acuerda abandonar la ciudad que está a punto de caer de forma inmediata y de forma irremediable. El lugar elegido para trasladarse es Valencia, alejada del foco de la contienda. Se acuerda además que el tesoro artístico acompañará al gobierno en todo momento independientemente del lugar de residencia y para ello se promulga un decreto ministerial para ponerlo en práctica.

La decisión se traduce en un tortuoso viaje de miles de obras de arte expuestas a los caprichos y la suerte de una Guerra Civil que no hacía más que  recrudecerse, algo que después es muy discutido, pero que en su momento fue una decisión firme, tajante, arriesgada y vital para salvaguardar el  incalculable valor de todo este patrimonio artístico. Si no hubiese sido tal vez por su inmediato y férreo control por parte del gobierno, tal vez muchas de las obras de arte que hoy podemos contemplar hubiesen quedado hechas añicos durante la contienda.

Sin embargo la operación era extremadamente arriesgada. Era necesario actuar con delicadeza extrema en un contexto donde los bombardeos, incendios y pillajes eran los acontecimientos más repetidos durante el día y la noche. Pero había que llevárselo.

Gran parte del llamado “tesoro español” se conservaba en el Museo del Prado, pues allí se aglomeraba una de las colecciones pictóricas más importantes del mundo y que habían sido acumuladas durante años por gran parte de los monarcas españoles.

A finales del mes de agosto de 1936, el Museo del Prado cierra sus puertas mientras que el gobierno de la República nombra como director de este museo a Pablo Picasso, quien acepta gustosamente el cargo pero no se muda de residencia, por aquel tiempo en Francia. Por ello la responsabilidad casi real y diaria recae en el subdirector del Museo del Prado, Sánchez Cantón, autor de un inventario de aproximadamente 250 obras de arte que debían ser rápidamente retiradas de las salas en el primer momento de alarma.

Una vez cerrado el museo, las obras se descuelgan una por una y, de forma cuidadosa, se van trasladando hacia el sótano de la pinacoteca y la cámara baja, considerada una de las zonas más seguras de este lugar. Se acentúa la protección cubriendo la cúpula del museo con sacos de tierra soportados por complejos andamiajes.

El 6, 7 y 8 de noviembre de 1936 crece como no lo había hecho antes el espíritu de resistencia del pueblo republicano ante la presión de las tropas franquistas sobre Madrid, ayudado en todo momento por una Junta Militar presidida por el general Miaja, pues el gobierno está en Valencia. Las brigadas internacionales actuaron de forma especial y contundente en los accesos a la ciudad de Madrid formadas por voluntarios de diferentes países y gracias a ello, de forma oficial, el 8 de noviembre, se declara contenido el ataque nacionalista. Dos días más tarde, con el país en plena guerra, sale en dirección a Valencia el primer convoy cargado con 18 obras de arte del Museo del Prado de autores tan importantes como Tiziano, Goya, El Greco, Tintoretto y Diego Velázquez.

Los sublevados, que ya se veían conquistando Madrid, han de cambiar de estrategia, pues la técnica empleada hasta entonces no ha podido romper la resistencia opuesta por el pueblo de la capital. Dada esta situación, recurren a los aviones para conseguirlo, y para ello se pide ayuda al fascismo italiano y a la Legión Cóndor nazi. Con ello, Franco lleva a cabo prácticamente por primera vez en la historia de España el bombardeo de una ciudad valiéndose para ello de técnicas que mermen las fuerzas ya no sólo físicas del pueblo, sino también la capacidad moral para que esto desemboque en un levantamiento popular y que le facilite su entrada.


La crudeza es tal que hasta los aviones sueltan panfletos anunciando el nombre del barrio que será el siguiente en ser bombardeado: a veces esto es verdad, otras, las bombas caen en otros lugares inesperados.

Atocha es bombardeada el día 14 de noviembre, el Hospital Provincial, el Casino y la Ciudad Universitaria el día 15. Justo a las 19:00 horas del día 16 de noviembre de 1936, los aviones, apoyados por las tropas de Franco, atacan los distritos del Congreso y el corazón de Madrid, alcanzando de esta forma una inmensa cantidad de edificios, entre los que se encuentra el Museo del Prado.

Un poco antes de ser atacada esta zona, los aviones de reconocimiento lanzan 24 bengalas para delimitar el perímetro donde deber ser arrojadas las bombas. Seguidos de estos, van dos clases de aviones: los que portan bombas incendiarias (pequeñas pero eficaces) y bombas explosivas, grandes, pesadas y destructivas a partes iguales capaces de hacer ceder los cimientos de un edificio entero.

No de forma casual, estas primeras bobas caen justo en las inmediaciones sobre las que se asientan los asesores soviéticos, concretamente en el Hotel Savoy: el objetivo exacto del ataque pero desafortunadamente tres de las bombas caen extremadamente cerca del Museo del Prado.

Las incendiarias caen más diseminadas por la zona, pero nueve de ellas alcanzan el edificio del museo. Tal vez el objetivo real del bombardeo no es acabar con este inmueble, pero lo que sí está claro es que algo no ha salido como se esperaba y han puesto en serio peligro el rico patrimonio que ahí se conserva.

José Lino Bahamonde, arquitecto del Prado, analizó las zonas sobre las que habían caído estas bombas y efectivamente los encargados de bombardear soltaron su carga sobre la zona indicada previamente con bengalas, pero el sector derecho de esa línea de ataque se extendió de forma misteriosa hacia el propio museo. Gracias a las medias tomadas dos meses atrás no hubo que lamentar grandes desastres, aunque parte de las vidrieras y las claraboyas saltaran por los aires, los cercos de algunas puertas se desencajaran y se partiese un altorrelieve italiano. Afortunadamente el fuego no hizo acto de presencia en el interior de las salas y los bombardeos no trastocaron la estructura del edificio.

Curiosamente los efectos de este bombardeo se producen en la propaganda. La República habla de este hecho como un grave ataque de los fascistas hacia el patrimonio artístico español y, por definición, el patrimonio de todos, y para ello lo describen, fotografían e imprimen con detalle rápidamente.

Dos días más tarde, diplomáticos afín a la República ponen este documento en conocimiento de las cancillerías europeas. Al mismo tiempo hacen balance positivo de su decisión de transportar las obras lejos de la capital de España dado el continuo bombardeo sobre esta zona y sobre otros monumentos artísticos de la ciudad, como es el caso de la Iglesia de San Sebastián, la Biblioteca Nacional, el Museo Antropológico, el Ministerio de Fomento. E incluso el Palacio del Duque de Liria, propiedad del Duque de Alba, representante oficioso del general Francisco Franco en la ciudad de Londres, también fue salvaguardado: las obras más importantes habían sido retiradas previamente a los bombardeos, incluidos los trofeos de caza, fueron evacuados por la Junta.

El traslado del tesoro artístico se acelera a marchas forzadas hasta Valencia dada la situación de peligro que corre. El 3 de diciembre, María Teresa León, escritora comunista y a su vez compañera de Rafael Alberti se nombra como encargada para la evacuación urgente del Prado y una vez en el cargo, se presenta en el edificio acompañada del citado poeta para apresurarse en hacer esta labor.

El impacto que se llevan al entrar y recorrer la galería central del edificio es cuanto menos espeluznante: paredes vacías, puertas rotas, ventanas hechas añicos, tierra, mangueras para sofocar las llamas y un sinfín de desperfectos ocasionados por culpa de las bombas. Acompañados de dos milicianos, la pareja entra en el sótano del museo y contempla las obras de arte apiladas fruto de una rápida acción de salvaguarda.

El 10 de diciembre de 1936, María Teresa León decide que es necesario poner en marcha la evacuación de la ilustre obra del maestro Velázquez conocida como “Las Meninas”, tal vez el cuadro más conocido, admirado, valorado y querido del Museo del Prado. Milicianos del Quinto Regimiento son los encargados de escoltar el vehículo, pero al llegar al Puente de Arganda se dan cuenta de que la estructura del puente tiene un tope superior de metal que impide el paso de los cuadros: la única salida es bajar las cajas y pasarlas al otro lado literalmente en brazos, una labor nada sencida dado el peso y el tamaño de algunas cajas. La labor se dilatará durante varias horas y el esfuerzo empleado unido al peligro que corren tanto obras como humanos es cuanto menos sobresaliente. Alberti y María Teresa no pierden detalle de todo lo sucedido desde su casa, en Madrid y reciben información directa al paso de los camiones por cada pueblo hasta que a las 07:00 horas reciben la esperada llamada: las obras de arte han llegado a Valencia sin sufrir desperfectos

Sin embargo esta operación tan extremadamente delicada hace que la pareja cese el puesto de responsable a la Junta de Defensa del Tesoro Artístico Nacional. El grupo de hombres y mujeres que compone esta Junta es bien consciente que, más que una cuestión política, se trata de un acontecimiento de carácter cultural, tan necesario como peligroso. La decisión de desencajar las obras de sus bastidores y enrollarlas se descarta por el posible deterioro que pudiera surgir en ellas; por eso se decide fabricar cajas resistentes e individuales para cada pieza, siempre bien protegidas por almohadillas y cartón. Así, la caja se enfrenta a lo más complejo: su traslado.

No obstante, los camiones no sobran para esta labor, pues el frente los demandaba para las tareas defensivas de la ciudad. Las cajas por su parte se cargaban de forma vertical y con su eje mayor en el sentido de la marcha. De hecho algunas cobran tal magnitud que incluso es necesario construir estructuras de apoyo. Todo ello es cubierto por una serie de telas embreadas.

Otro aspecto negativo es el estado de las carreteras. Si antes de la guerra su estado era deficiente, durante la contienda este hecho no hará más que acentuarse culpa en gran parte del paso de vehículos pesados y acorazados y el incesante tráfico. Además este tipo de transporte era especialmente el punto de mira de las aviaciones enemigas. Las pruebas del peligro de viajar son visibles en las cunetas españolas. Además el suministro de gasolina y los talleres de repuesto eran dos cuestiones a las que había que hacer frente, pues no siempre se disponía de ello durante el viaje.

Por su parte, ayuntamientos, partidos y comités políticos ejercían serios controles por estas vías de paso en prácticamente cada población y, aunque los encargados de guardar esta zona muchas veces ni siquiera sabían leer o escribir, sí conocían de primera mano los emblemas o fotografías. Durante los 350 kilómetros que han de viajar las obras desde Madrid a Valencia, los convoyes deben pasar un alto número de controles, algunos instalados permanentes y otros de forma aleatoria.

Los oficiales del ejército son los encargados de proteger los camiones de la Junta de Defensa del Tesoro Artístico Nacional y gracias a ello se salvan algunos de los obstáculos del camino. Además el camino elegido para llegar al destino es cuanto menos una aventura y por ello debe ser estudiado y abierto a cambios permanentes según la evolución de la guerra. El motivo no es otro que el empleo de la aviación alemana por parte de los franquistas para bombardear las carreteras españolas por donde transitan refugiados y todo tipo de transporte. Asimismo estas vías son usadas por los pilotos para guiarse durante su ruta. Es el blanco perfecto.

Para más INRI, la velocidad máxima acordada para los camiones es fijada en 15 kilómetros por hora, de tal forma que cada caja tarda exactamente 24 horas en llegar desde Madrid hasta Valencia, en ese momento sede del gobierno y del parlamento de la República.

En la zona este peninsular apenas se nota aún la guerra y el ambiente social es casi normal y las decisiones del gobierno son bien recibidas por parte de la población. La iglesia del Patriarca es uno de los edificios elegidos para depositar las obras y emplearlo a su vez como almacén y taller. Las Torres de Serranos, una fortaleza gótica del siglo IV, también se empleará para almacenar piezas; un gran monumento compuesto por dos torres de tres pisos con gruesos muros de sillería (3 metros)  y sólidos cimientos; además está rodeado de un gran foso medieval y apenas tiene edificios colindantes. De hecho tan apropiadas son las torres que deciden trasladar hacia ese lugar lo más granado del tesoro artístico nacional no sin antes proceder a realizar unas obras de acondicionamiento y protección dirigidas por Lino Bahamonde. Se quiere usar los pisos de arriba como zona de protección ante posibles ataques aéreos y dejar los inferiores como depósito de obras; es decir: abrazar el tesoro con diferentes capas protectoras para evitar su hipotética destrucción. El grado de protección es total; de hecho sobre el techo de la primera planta, lugar donde se alojaban las piezas, se construye una bóveda de hormigón armado de noventa centímetros de espesor y para evitar que se dañe en el futuro, la cubren con un metro de cáscara de arroz: un material muy abundante en Valencia y conocido por ser capaz de amortiguar grandes impactos. Sobre esta, una capa de un metro y medio de tierra y otra capa sobre el suelo del tercer piso y finalmente cubren la zona de la azotea con sacos terreros. De tal modo las piezas quedan amparadas por seis anillos protectores, de forma que si la torre recibiese un impacto, el tesoro quedaría completamente enterrado, pero intacto. Además también se protegen las cajas de las posibles ondas expansivas con un conjunto de muros de cemento perforados y perfectamente alineados.



El hecho de que el tesoro esté concentrado en Valencia obliga a reorganizar el salvamento creando así la Junta Central de Tesoro Artístico que tiene rango estatal y pasan a depender de ella las juntas delegadas provinciales. El presidente de esta Junta será Timoteo Pérez Rubio, un pintor extremeño bien situado entre los medios intelectuales de la República nacido en Oliva de la Frontera de apenas 40 años por aquel entonces, definido como liberal y casado con la escritora Rosa Chacel. Sobre él recae la responsabilidad del salvamento del tesoro. A su lado, José María Giner Pantoja. Colaborador y persona fiel.




Mientras tanto, en Madrid la Junta sigue recuperando obras de arte, pero el depósito de San Francisco el Grande está absolutamente lleno y por ello muchas de ellas empiezan a llegar al Museo Arqueológico. El equipo de trabajo paulatinamente va creciendo y su organización es inmaculada, aunque el trabajo que han de hacer es mayúsculo y muchos de ellos ejerzan esta tarea sin experiencia previa, cada cual con una función definida: catalogadores, fotógrafos, conductores, transportistas, etc y todos ellos convertidos en maestros de lo imprevisto.


Roberto Fernández Valbuena está al frente de todo ello, acompañado por el ilustre don Manuel Gómez Moreno junto a las hijas de este: María Elena y Natividad. A su vez, desde Valencia se demanda la recogida de más obras de arte en la capital, aunque la tarea en esta ciudad no deja de ser lenta dado el cuidado y el mencanismo a seguir cada vez que se recupera alguna pieza (de hecho algunas no son aconsejables moverlas debido a su precario estado). Sin embargo, el gobierno no cesa en su empeño, pues considera que las obras corren mucho más peligro en Madrid que el riesgo de transportarlas hacia Valencia ya que en Madrid los bombardeos, lejos de cesar, cada vez son más repetitivos.

Marzo de 1937. Sánchez Cantón, director en funciones del Museo del Prado, descubre una bomba en el techo del museo, pero no lo comunica a las autoridades por miedo a un desalojo total del edificio. Mientras tanto, durante la primavera y el verano de ese mismo año, la Junta sigue transportando no sin esfuerzo ni riesgos las cajas que contienen parte del tesoro artístico español. Poco a poco, las obras de Velázquez, Goya, Rubens, Rembrand o Tiziano van saliendo de Madrid en dirección a las Torres de Serranos, cada vez mejor acondicionadas.

Sin embargo, parte de gobierno era partidario de que las obras hubiesen sido mandadas al extranjero durante el período de guerra. Se habló con el gobierno francés para que algunas de las mejores piezas se llevasen al Museo del Louvre, aprovechando de este modo el tirón propagandístico de la Exposición Universal de París praparada por la República como un enorme escaparate publicitario.

En reunión de consejo de ministros se produce un debate sobre el traslado y finalmente se eligen unas 150 obras de arte (las más selectas) para ser transportadas desde Valencia hasta París, una tarea que a priori duraría varias semanas y que hará que Pérez Rubio estudie con minuciosidad la ruta más se segura a seguir, aunque finalmente el proyecto se queda en papel mojado y el goberno decide que ninguna obra salga del país.

El periódico The Times de Londres publica una carta publicada por el ex director del British Museum, Sir Frederic G. Kenyon que finaliza con este curiosa pregunta: "¿Tiene alguna razón el gobierno republicano de España para no explicar al mundo las medidas que ha tomado respecto a la seguridad de los tesoros de que es responsable?". Pablo de Azcárate, embajador español en Londres, le responde en nombre del gobierno republicano a través del mismo periódico e invita al Kenyon a trasladarse a España para que él conozca de primera mano la situación en la que se encuentran salvaguardadas las obras de arte. Kenyon acepta. Se ven en agosto de ese mismo año.

 Kenyon visita el depósito de San Francisco, en Madrid, tras pasar por Cataluña y de pronto empieza a convencerse de que ha estado en un error al poner en tela de jucio la eficacia del gobierno republicano a la hora de guardar las piezas. La Junta Central, con Timoteo Pérez Rubio y José María Giner Pantoja a la cabeza, le acoge con absoluta normalidad y le invita a conocer todos los detalles, sin nada que ocultar. Es más: para la Junta es una gran oportunidad, pues de este modo puede dar a conocer al mundo el gran trabajo llevado a cabo en esta ardua y peligrosa tarea. También conoce la situación de Valencia y ve los más de 500 cuadros perfectamente embalados y documentados. De hecho, algunas de las cajas son abiertas para que compruebe que efectivamente dentro de ellas está el lienzo que se indica en su etiqueta. Entre todas está Las Meninas de Velázquez, un cuadro que había dado mucho que hablar sobre su hipotético mal estado de conservación, sin embargo en ese momento se comprueba que está perfectamente conservado. Se fotografían junto a él como prueba. Para más detalles, los empleados de la Junta llegan a hacer una pequeña hoguera para demostrar que el barniz con el que están cubiertas las cajas es, efectivamente, resistente al fuego.

No obstante, las críticas por tan minuciosa tarea dentro de un contexto tan atroz no cesan. Prueba de ello es esta viñeta que publica un diario de Valencia:


Paso seguido, los diarios extranjeros se hacen eco del gran trabajo del gobierno de la República en el proceso de salvaguarda del patrimonio histórico español. En una carta personal de Kenyon a Timoteo Pérez Rubio, le dice:  

"Quiero felicitarle a usted y a sus colaboradores por la admirable obra realizada para proteger sus tesoros de arte; no se han ahorrado esfuerzos y sosprende que en momento de tales dificultades y en tan poco tiempo, hayan sido capaces de hacer lo que han hecho. Usted ha merecido la gratitud de cuantos desean que los tesoros de España, que son los tesoros del mundo entero, lleguen a salvarse de los horrores de la guerra"

No obstante, el tesoro aún no está del todo a salvo. Claro que las obra de Valencia se encuentran bien donde están, de hecho se le dota incluso de un sistema de climatización para controlar la humedad y temperatura del recinto hasta el punto de poder afirmar que pocas veces ese patrimonio estuvo mejor guardado.

Pero en Madrid las cosas son diferentes. Las bajas de ese mismo verano asciencen a más de 20.000, pero la ofensiva nacional no consigue superar el cerco defensivo y todo ese esfuerzo termina por agotar las existencias de la capital. Tras la contraofensiva enemiga se acentúan las dificultades de abastecimiento hasta el punto de que a la altura de otoño de 1937, el hambre es la mayor preocupación de los madrileños. La desnutrición afecta también a los miembros de la Junta de Defensa del Tesoro Artístico Español; muchos enferman y otros están tan mermados de fuerza que difícilmente pueden moverse de sus casas.

Es entonces cuando llega la sorpresa. El presidente Fernández Valbuena, muy delicado de salud, convoca una reunión en su misma casa para informar que ha recibido una orden para desalojar completamente la basílica de San Francisco el Grande (Madrid): el mayor depósito de la Junta y donde durante un año se habían reunido unos 50.000 piezas de toda clase: cuadros, muebles, marfiles, carrozas, esculturas, relojes, esmaltes, armaduras... una tarea que se avecina como imposible y que intentan recurrirla de forma desesperada, pero sin éxito. El general Miaja les confirma que la basílica de San Francisco puede estar ocupada por el ejército en cualquie instante con el peligro que ello conlleva.

Ante esta precaria situación no queda otra alternativa que ponerse manos a la obra y al dñia siguiente empieza el desalojo de forma frenética. Conductores, mozos y técnicos de la Junta no descansan y se llega al punto de transportar diariamente unas mil piezas de un lugar a otro. Muchas pinturas se llevan al Prado, parcialmente vacío de obras y a donde se destinan unos 15.000 cuadros. El resto de piezas, excepto los muebles, se destinan al Museo Arqueológico, a su vez sede la Junta Delegada de Madrid, se catalogan y se asientan a lo largo y ancho del edificio. Esta mudanza resulta extraordinariamente agotadora y tae una secuela inesperada: un choque de orden político que cambiará las cosas a partir de entonces.

Wenceslao Roces Suárez, subsecretario de bellas artes se irritó por no sentirse informado ante aquel forzoso movimiento de obras y por ello solicita que se interrumpa la operación y manda a todos los envolucrados en este proceso a firmar un acuerdo político que muchos se niegan a firmar. Como consecuencia de ello, una docena de personas deja de pertenecer a la Junta.

Los combates en el frente norte finalizan con una victoria nacionalista. Cae Irún, puerta de Francia, y es una catástrofe para los gubernamentales. Se produce en ese momento el gran éxodo hacia el extranjero. Sin embargo el último tren cargado de refugiados no llegará a Francia: a mitad de puente Internacional se detiene y regresa de nuevo a Irún.

La desconfianza hace acto de presencia en la República. Los comunistas ven espías y traidores por todos lados. Roces envía a la Junta sin avisar a dos agentes del servicio de información militar, el temido SIM, y cesa en enero de 1938 al director del Prado en funciones Sánchez Cantón.

La evolución de la guerra es responsable de esa actitud de desconfianza, a lo que se le suma la sangrienta batalla de Teruel que comienza en diciembre de 1937 con victoria del bando republicano, el cual ocupa la ciudad. La Junta ocupa un papel destacado en el salvamento de las obras artísticas de Teruel: grandes piezas e incluso los archivos catedralicios fueron recuperados, a veces literalmente, entre los escombros. Tras dos meses, la ciudad es reconquistada por las tropas de Franco.

Su triunfo en Teruel pone a las tropas nacionales en el objetivo de realizar un eficaz ataque estratégico: avanzar hacia el Mediterráneo y así dividir en dos el territorio ocupado por la República. Ante tal amenaza, el gobierno de Valencia decide trasladarse a Barcelona. De nuevo, el tesoro artístico acompaña al gobierno allá donde va. En poco tiempo, las obras de arte comienzan una andadura de más de 350 kilómetros desde Valencia a Barcelona atravesando además zonas en las que se están produciendo además ataques entre los dos bandos. En apenas un mes, siete expediciones son organizadas para esta tarea de las cuales se ocupan más de una treintena de camiones que deben atravesar maltrechas y bombardeadas carreteras.

Ceferino Colinas y Marcos Iturburuaga, del SIM y adscritos a la Junta del Tesoro logra atravesar las zonas "libres" de bombardeos entre estas dos ciudades. Sin embargo en uno de esos viajes se produce un imprevisto: mientras se atraviesa Benicarló, un balcón de una vivienda cae sobre uno de los camiones. Curiosamente la caja afectada guarda en su interior una obra de tema bélico: "La carga de los mamelucos", de Francisco de Goya y que hará necesaria su restauración.


La más difícil expedición es la última pues la llegada del enemigo está cerca y la ruta parece amenazada: de hecho sólo unas horas antes de que Vinaroz caiga en poder de los franquistas, el último convoy cruza esta ciudad. De esta forma, además, la zona republicana se divide en dos.

Mientras todo esto sucede, se desarrolla una crisis de gobierno. En el segundo gabinete de Negrín, la Cartera de Instrucción Pública y Bellas Artes, en mano de los comunistas desde el inicio de la contienda, pasa a los anarquistas, pero no se deja en sus manos el salvamento del tesoro; por un decreto reservado, la Junta dependerá a partir de entonces del Ministerio de Hacienda.

Desde Barcelona se siguen pidiendo obras a Madrid, ciudad-fortaleza esta última en la que se vive un ambiente de auténtica penuria: la única opción de supervivencia de la mayor parte de la gente pasa necesariamente por rebuscar entre los escombros. Por su parte los miembros de la Junta no tienen otra alternativa que recurrir al mercado negro para suministrarse de neumáticos, papel para embalar, maderas, clavos y todo lo que fuese necesario para impedir que los trabajos de recuperación del tesoro artírstico no se detuviesen.

En la sección de pintura 21737 cuadros han sido documentados de 1255 pintores distintos. Los objetor artísticos organizados y clasificados en el Museo Arqueológico ocupan literalmente cientos y cientos de kilómetros de estanterías.

En Cataluña, se encuentra un lugar para el tesoro en los sótanos de dos castillos: Perelada y Figueras. Los objetos preciosos y la orfebrería va a Figueras; a la planta baja del de Perelada van las mejores obras del Prado y del Escorial. Una mina escondida en la zona de los Pirineos es usada como tercer escondite, a unos 30 minutos de la frontera de Francia; en ella se introducen algunas obras del Prado y parte del los últimos recursos en efectivo de la República (oro y joyas) cuyo valor asciende a 200 millones de dólares. En la parte superior de esta mina se alza una discreta construcción destinada a vivienda del Ministro de Hacienda.

El avance del frente nacional no hace más que aumentar y en vísperas de Nochebuena, el general Francisco Franco lanza la ofensiva final contra Cataluña. Las defensas guebrnamentales ceden en cuatro lugares mientras la sangre y el fuego campan a sus anchas a lo largo de la zona catalana.

En la zona "Nacional" empieza a celebrarse la victoria final, pero siguen palmo a palmo los movimientos del tesoro y tan sólo un día después de ser trasladado a Figueras los agentes franquistas lo ponen en conocimiento del Cuartel General.

Josep María Sert, un ilustre y conocido pintor y muralista catalán, entra en escena durante este tiempo. Sus obras decoran los palacios de Rockefeller o Juan March. Sin embargo, la guerra había aniquilado algunas de sus mejores obras, como la incendiada Catedral de Vich y el bombardeado Palacio de Liria. El salón principal de la Sociedad de Naciones de Ginebra había sido una sus últimas obras. Estaba recientemente enviudado de una princesa georgiana con la que hasta entonces había vivido a pleno lujo en la ciudad de París. Por aquel entonces, a finales de 1938, ya llevaba un tiempo haciendo las veces de agente de Franco fuera de España y es consciente de la complicada situación en la que se encuentra en ese momento el tesoro artístico español: sabe que el gobierno de la República no quiere entregarlo a pesar del asedio de las tropas franquistas sobre el territorio catalán.

Sert decide actuar de forma individual: consulta a algunas autoridades francesas y estas le aconsejan organizar un comité internacional para facilitar la entrega del tesoro. Sert se pone manos a la obra para organizarlo cuanto antes y a mediados del mes de enero de 1939, justo tras la caída de Tarragona, el pintor se entrevista en Ginebra con un amigo personal, Joseph Avenol, secretario general de la Sociedad de Naciones, para convencerle de ceder los locales de la Sociedad de Naciones como lugar principal para depositar el tesoro artístico. Avenol da el visto bueno y Sert, junto a la secreta autorización del gobierno de Franco, da por finalizado us contactos para formar el comité encargado de transportar las obras hasta Ginebra.

 Una vez los nacionalistas en Barcelona, parte de los ciudadanos y del ejército huye hacia Francia, mientras que los gobernantes republicanos se dirigen hacia los territorios de los Pirineos donde está el tesoro. En la mina de La Vajol, muy segura, el teniente Blasi custoria los escasos bienes republicanos con los que, dicho sea de paso, es inviable soñar con prolongar la guerra. Mientras, en Perelaza, está Azaña, temiendo que las bombas del enemigo dañen las obras de Velázquez, localizadas en el sótano de este enclave. Incluso algunos meses antes, Azaña había dicho que "Salvar el Museo del Prado es ya más importante que salvar la República porque en el futuro podría haber otras repúblicas, pero las obras de arte son insustiuibles".

1 de febrero. Frío. Castillo de Figueras. Horas después de amanecer se produce la última sesión parlamentaria de la Segunda República con las tropas franquistas a menos de 70 kilómetros. La desbandada posterior es inevitable, pero el tesoro aún está en el sótano. Dos miembros del Comité Internacional para la Conservación de los Tesoros de Arte de España, el subdirector del Museo del Louvre  y un encargado de la National Gallery de Londres acceden a España evitando el contacto con los refuagiados españoles que se dirigen hacia Francia por maltrechas carreteras. Van a Figueras para verse con Timoteo Pérez Rubio, presidente de la Junta Central del Tesoro y con Julio Álvarez del Vayo, ministro de Estado de la República.

Tras emplear cerca de 10 horas para recorrer los 20 kilómetros que los separan de la frontera, llegan ambos al despacho del ministro. Tras una incómoda presentación, pues casi nadie conoce a estos dos extranjeros; Álvarez del Vayo les solicita sus credenciales para hacerse encargado de las obras de arte españolas. Un proyecto de convenio redactado por el Comité Internacional es lo único que pueden presentar, un organismo sin entidad jurídica ni reconocimiento oficial. Humo, al fin y al cabo.

El ministro primero lo rechaza, pero es consciente de que no le quedará otra alternativa que aceptarlo, temiendo que las tropas de Franco lo usen para pagar deudas de la guerra con países como Italia o Alemania, Julio Álvarez exige una cláusula: el tesoro sólo regresará a España si lo hace como un bien común de toda la nación. Mientras se redacta esta cláusula, las bombas alcanzan la central eléctrica y tienen que alumbrarse con un puñado de cerilas y para firmar el documento han de bajar al exterior y alumbrarse con unos faros de un coche.

Una parte clave de ese acuerdo es que el Comité Internacional llevará al día siguiente los camiones necesarios para pasar el tesoro a Francia. Sin embargo los camioneros franceses, justo al llegar a la frontera, decicen no entrar en España debido al caos que allí hay. Comienzan entonces unas horas de incertidumbre sobre el futuro del tesoro artístico español. Si los camiones franceses no llegan, hay que buscarlos en España.

El mismo Azaña y el ministro de Estado participan en la requisa de automóviles cargados de armamento, suministros de primera necesidad e incluso heridos que están siendo evacuados, los cuales no terminan de entendender el motivo por el cual deben dejar su sitio a unas cajas cargadas con imágenes de Vírgenes y Cristos. No lo entienden ni aunque se lo explique el mismo presidente de la República.

Casi una treintena de camiones consiguen pasar a Francia aprovechando la luz de la luna de los días 4 y 5 de febrero, pero el día siguiente hay que detener la operación debido a los constantes ataques de la aviación italiana y la Legión Cóndor nazi que, junto a la aviación franquista, bombardean las zonas de escape.

Pero en Burgos ya saben, gracias a Sert, que los convoyes con las obran van por esa zona pirenaica y ruega que cese el bombardeo. Le hacen saber que así actuarán, sin embargo las bombas siguen cayendo.

Un total de 26 camiones consiguen pasar la raya de Francia por Le Perthus y el día 8 de febrero, justo cuando los últimos representantes del gobierno republicano cruzan la frontera en condiciones infrahumanas, los franquistas llegan a Figueras, un lugar triste y abandonado.

El día 9 de febrero la incertidumbre es total. Los últimos 16 camiones intentan cruzar la frontera por cualquier carretera o camino para evitar los bombardeos. Todavía se complica aún más la operación cuando uno de los camiones rompe su eje a pocos metros de la frontera con Francia. Los encargados dedicen descargar las obras y transportarlas a mano por zonas boscosas y sendas escondidas hasta llegar a Francia, lugar donde inspeccionan minuciosamente todo lo que llega de España.

Pocas horas más tarde, la bandera que identifica a las tropas franquistas ya se deja ver en el límite entre España y Francia mientras que cerca de ahí, la explanada del chateu d'Aubiry, cerca de Céret, se decanta como lugar secreto de concentración para los camiones mientras que Aubiry es destinado como lugar para almacenar las cajas que contienen las obras de arte, que son muchas, pero las prisas han obligado a dejar en territorio español algunas piezas de gran siqueza.

En los sótanos de Figueras, las tropas de Franco encuentran multitud de bienes y dinero republicano, ya inservible.  Hay, además, muchísima plata en forma de objetos religiosos y civiles cuidadosamente manejados por la Junta republicana y que pudieron usar en su beneficio, pero que dedicieron mantenerlos en esa zona para su salvaguarda. Allí se encuentra también el Cristo de Lepanto, detrás del cual una persona anónima ha escrito un mensaje. Curiosamente la imagen será vitoreada por Barcelona de mano de los franquistas en una multitudinaria ceremonia religiosa para la toma de esta ciudad. Para Cataluña, la guerra ya es historia.

Sin embargo los camiones siguen llegando al chateau d'Aubiry mientras los miembros de la Junta, ya en el país vecino, inspeccionan y comprueban el inventario de piezas junto a los representantes del Comité Nacional. Entre ellos hay una relación compleja. Existe una plena satisfacción por el buen trabajo llevado a cabo para salvaguardar el patrimonio artístico nacional, pero en ellos subyace un agotamiento físico y mental, fruto de la derrota y de la incertidumbre sobre qué será de ellos el día de mañana; porque ellos han ganado esta particular batalla, pero han perdido la guerra y, con ella, su país, su familia y su trabajo. Pero jamás olvidarán que han puesto a salvo miles dde obras que pertenecen al patrimonio artístico de todos.


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Chateau d'Aubiry


Mientras se inspecciona el recuento bajo la comprobación de Pérez Rubio, un inesperado personaje entra en escena: se trata de Sert, quien, acompañado de un notario francés, viene a reclamar los cuadros en calidad de agente de Franco. Reclama un embargo judicial para evitar que el tesoro acabe en Ginebra y gana tiempo así para que la guerra ponga el punto y final y Francia tenga que reconocer finalmente al gobierno de Franco como tal.

Sert y Pérez Rubio se ven cara a cara y se dicen frases breves, pero muy directas y llenas de contenido; pero esta vez la posición republicana es más fuerte que la franquista y ante las amenazas de embargo, se acelera la partida de las obras.

El 12 de febrero de 1939 sale un tren de la estación de Perpignan cargado con las cajas. Primero van los miembros de la Junta que completan la misión de la República acompañados por delegados franceses del Comité Internacional. Tras ellos, los 22 vagones en los que se introduce el tesoro nacional compuesto po 1846 cajas, otro vagón cargado de gendermes e inspectores de la Sûrete Nationale de Francia y un último vagón destinado a los ferroviarios cuya misión es comprobar el estado del tren durante sus paradas.

El impacto internacional de todo esto es inevitable, hasta el punto de que algunos medios franceses hablan del "mayor tesoro artístico que se ha transportado en la historia".

En la estación de Cornavin, los expedicionarios son recibidos calurosamente por las autoridades y un gran grupo de periodistas. Acaban de salvar un tesoro de un valor incalculable y entre todos no tienen más de dos francos en sus bolsillos.

Por primera vez en mucho tiempo, los nueve españoles cenan decentemente y tienen el placer de dormir sobre sábanas limpias.

Sin embargo, la alegría dura hasta el amanecer, cuando ven en el periódico que Suiza ha reconocido al gobierno de Franco, justo ahora que el tesoro está en territorio suizo.

Timoteo Pérez Rubio y los demás viven una situación de absoluta paradoja, pues son los representantes de un gobierno que prácticamente no existe y que no tiene cobertura diplomática en Suiza. ¿No son nadie? ¿No existen? Sí, pues son los responsables de salvaguardar un inmenso tesoro que ahora mismo no se sabe bien a quién pertenece    
 
Los miembros del Comité Internacional son conscientes de la situación y deciden retrasar el transporte de las cajas al edificio de la Sociedad de Naciones al día 17 de febrero. Parece que por fin y después de mucho tiempo el tesoro español se encuentra fuera de peligro.

Mientras tanto, Franco trata por todos los medios que el tesoro artístico español vuelva de nuevo a España y por eso Jornada, ministro de asuntos exteriores, envía a Eugenio d'Ors a Ginebra para que trabaje con Sert y puedan desbloquear la situación, una decisión arriesgada si tenemos en cuenta que Sert y d'Ors prácticamente se odian entre sí. Sert pinta a base de gamas amarillas y marrones y a d'Ors, nuevo directos de Bellas Artes nombrado por Franco y a su vez crítico de arte, su estilo no le gustaba, hasta el punto de que llegó a componer una coplilla satítica:

"Vino de un tris que de París nos mandaste al pintor Sert, don José María, unos cuadros hechos de mierda y purpurina"

Evidentemente ambos actúan de forma individual y sin establecer relación seria entre ellos. Por este motivo, Sert, que se sentía desplazado por d'Ors, acude a la Sociedad de Naciones acompañado por un funcionario republicano que acababa de pasarse al bando franquista y, aprovechando su amistad con el Secretario General, Avenol, exige inspeccionar personalmente todas las cajas del tesoro.

Pero Avenol está de viaje y el funcionario que le recibe le lleva con un miembro del Cimé Internacional que le informa de que no tiene derecho para autorizar dicha inspección. Ser no se da por vencido y vuelve por la tarde para entrevistarse con un adjunto de la Secretaría General que conoce su amistad con Avenol. Le convence finalmente para que le conduzca al sótano pero antes de llegar les sale al paso el republicano José María Giner. Les impide seguir sin el permiso de Pérez Rubio. Esta tensa situación inquieta al funcionario y supone un nuevo fracaso para Sert.

El franquista está verdaderamente enfadado y eleva una protesta formal aludiendo a una posible maniobra por parte de los republicanos en la que chantajearían con quien fuese necesario usando para ello el tesoro artístico nacional. Como resultado, Avenol decide clausurar los locales y multiplicar las medidas de seguridad hasta que se realice el inventario final según lo firmado aquella noche en Figueras a la luz de los faros de los coches.

La decisión es muy injusta para los republicanos, pues llevan años de angustia y esfuerzo para lograr proteger el tesoro. Pero deciden no protestar, porque llegados a este punto, lo único que quieren es hacer el inventario final de lo que han logrado salvaguardar y verse libre por fin de esa alta responsabilidad. Además su situación es cada vez más variopinta: a últimos de febrero, Inglaterra y Francia reconocen al gobierno de Franco, justo el mismo día que dimite Azaña desde el territorio francés.

La derrota total está a punto de consumarse. Tan sólo una cosa impide a Pérez Rubio asegurarse un cómodo futuro para él y los suyos entregando las obras a los franquistas sin más trámites: si dignidad.

La magnitud de la belleza que se ha conseguido poner a salvo se refleja días más tarde, cuando, con un grupo de expertos internacionales presentes, empiezan a retirar las cubiertas de las cajas y empiezan a ver la luz algunas de las obras más ilustres del arte mundial. Son tantas y tan excepcionales que el inventario dura más de 15 días. En ese momento, los miembros de la Junta Central del Tesoro Artístico tienen la oportunidad de comprobar que su esfuerzo ha sido decisivo y ha merecido la pena.

La opinión de los expertos es clara: la calidad y la pasión con la que se han embalado las obras han sido claves para obrar el milagro, que no es otro que el haberlas salvado de su más que posible destrucción.

El tesoro artístico español está a salvo.

El 25 de marzo las diferentes personas que han intervenido en el inventario firman la parte final y el Comité Internacional se disuelve, pues su misión ya ha llegado a su fin.

Por su parte los franquistas necesitan una serie de técnicos para hacerse cargo de todas esas obras y deciden ofrecer el reglreso a España a los miembros de la Junta, quienes aceptan firmar un juramento de fidelidad al gobierno de Franco. Pero cuatro de esos miembros se niegan a firmarlo. Son: Timoteo Pérez Rubio, José María Giner, Elena Gómez de la Serna y Blanca Chacel. Prefieren el exilio.

Tres días más tarde, las tropas franquistas entran en Madrid y al acceder al Museo Arqueológico, comprueban que los objetos recuperados por la Junta de Madrid están perfectamente ordenados, catalogados y a salvo. Esta es la explicación que se ofrece de aquel allazgo: "Merced al Servicio de Información Militar Nacional durante el dominio rojo, estas considerables riquezas no pudieron ser llevadas al extranjero por los rojos".

Mientras tanto en Ginebra el Secretario General de la Sociedad de Naciones hace entrega oficial del tesoro al representante de Franco, Marqués de Aycinena.

Sólo restan dos días para que Franco diese por finalizada la guerra, quien accede a las peticiones de Suiza para organizar una exposición en Ginebra con las mejores piezas y aprovecha la ocasión, faltaría más, para hacer una clara propaganda política.

Su corazón es la llamada Sala Imperial, donde se exponen tapices alusivos a las viejas victorias militares de España presididos por la figura de Carlos V a caballo.

Se inaugura bajo el título: "Las obras maestras del Museo del Prado" y se habla de eso como uno de los acontecimientos culturales del siglo, obviando y ocultando injustamente la labor de la Junta republicana en la salvaguarda de esas piezas.

Durante el verano, Ginebra se llena de visitantes y curiosos que quieren ver esas obras maestras.

Se clausura el 31 de agosto y al día siguiente, con los cuadros todavía en las paredes, las tropas nazis invaden Polonia. Francia e Inglaterra declaran la guerra a Alemania y estalla la Segunda Guerra Mundial.

Francia decreta la movilización general y por consecuencia de todo ello, la vuelta de las obras a Madrid se bloquea. El problema se soluciona cuando Sert, operando ya desde la embajada franquista, le pide a si amigo, el ministro de Obras Públicas francés, un tren para transportarlas con prioridad sobre el tráfico militar.

Esta exhibición de influencias fue mal recibida por los diplomáticos del nuevo régimen, en los que nunca encontró el menor reconocimiento a su labor.. Le tacharon de entrometido y hasta llegaron a negarle el pasaporte que había solicitado al gobierno de Burgos.

Poco antes de salir el tren especial con los últimos cuadros hacia Madrid, un ferroviario ruso se da cuenta de que se ha podido producir una catástrofe: la altura de algunos cuadros supera la de los túneles. Gracias a este señor, un gran número de piezas no fueron hecha añicos durante este proceso.

Tras hacer parte de su recurridos sin luces para evitar los ataques aéreos, el tren llega a la estación Norte de Madrid. Las autoridades culturales del régimen franquista acuden en masa a recibir las piezas y acompañan al convoy en su recorrido final por la ciudad.

El acontecimiento genera una gran repercusión propagandística y la prensa da fe de que no falta una sola obra de las que salieron tres años atrás, lo cual plantea una paradoja al ideario franquista: ¿cómo es posible que no se haya perdido ni una sola pieza cuando los cuadros han pasado tanto tiempo en manos "destructoras", "ladronas" y "enemigas de la cultura"? ¿Es que se ha producido un milagro? No hay milagros, sino explicaciones. Explicaciones que la prensa se encarga de suministrar a los ciudadanos y que los nuevos documentales del régimen se apresuran a corroborar: Madrid el tesoro artístico nacional, vuelve a su seno. Merced a las gestiones del gobierno español orientadas personalmente por Franco, los cuadros inmortales del Museo del Prado retornan a España.

Esa fue la historia visiblemente adulterada contada por el régimen franquista.

Aunque la Guerra Civil Española destruyó España hasta la saciedad, todavía hubo quien puso en juego su vida y se entregó para poner a salvo algunas de las obras más laureadas del patrimonio mundial y que aún hoy siguen expuestas en las paredes del Museo del Prado.

Y no importa tanto que los que visiten las salas del Museo no sepan apenas nada de todo esto  porque quienes realizaron semejante acto heroico no lo hicieron para terminar en los libros de historia, sino por amor al arte aun sin terminar de entender muy bien qué es eso del arte.

Peones, funcionarios, soldados, ferroviarios, especialistas, mecánicos, secretarias, políticos, militares, diplomáticos, operarios, conductores... todos aceptaron la responsabilidad que les correspondían a sabiendas de que si triunfaban, nadie se acordaría de ellos, pero que si fracasaban, nadie olvidaría sus nombres. Fueron unos auténticos héroes. Anónimos muchos de ellos, pero héroes al fin y al cabo.

El régimen franquista jamás reconoció el esfuerzo de todos ellos. No tuvo, en cuarenta años de dictadura, tiempo de agradecer su labor.

Hasta junio de 2003, tras más de 65 años, y casi 30 años después de la muerte de Franco, no se colocó en el Museo del Prado una moderna placa conmemorativa en su recuerdo. 

Documental: "Las cajas españolas"    


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